18 feb

YO ESTUVE ALLÍ

De camino a Plaza Cibeles atravesando el Retiro

Yo estuve allí el treinta y uno de enero. Yo estuve allí.   Rodeado de personas decentes, codo con codo, que no cabía un alfiler. Calcula con minuciosidad El País cuántos éramos: ciento cincuenta y tres mil y pico. Creo que unos miles más porque recorrí todo el trayecto y había tramos que el diario ex-progresista estima a la baja. Íbamos de la mano, Mari, Reme, Miguel, María, Helio, Mamen, Raúl, Roberto, Diego, colegas de Godella, cogidos de la mano para no desaparecer engullidos por una multitud espesa y bullente como la lava.

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Erupcionaba ya el volcán. Por fin. Gente decente que había dicho ¡basta ya! Gente decente que había dicho ¡no! Ciento cincuenta y tres mil doscientos treinta y tres, doscientos mil, da igual. Lo cierto es que vinimos de Godella o Burjassot, Villaviciosa o Santander, Granada o Castelló. Sonaban las gaitas de Galicia y la batucada (¡qué cruz!) inevitable. Gente decente que llevaba a su bebé, de ojos pasmados, arropado porque hacía frío. Era un día frío y claro de Madrid.

Y allí, en la multitud, me dijo el corazón que había despertado.

Un largo sueño en el sofá. Una siesta que sólo interrumpí para ir a misa electoral cada cuatro años y así cumplir con el precepto de ser un ciudadano silencioso, obediente, normal. Un ciudadano que abandona su alma y cede. El voto útil, esa gran mentira que durante años me sirvió para callar a mi conciencia y decir, “Bueno; del mal, el menos”.

 

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Y, de repente, un golpe en plena cara. Y otro. Y otro. De repente, Margarita está trabajando en Estambul, Pedro en Berlín. De repente, a Carlos le han tirado del trabajo y no encuentra nada. De repente, a Lucho le pagan en un bar ochocientos euros al mes por diez horas al día, sin domingos. De repente, Paco ha de cerrar la tienda y Charo su peluquería. De repente, el señor Bernardo se entera de que las preferentes que le habían empujado a comprar son una estafa. De repente, a un vecino de Ángel le han quitado el piso, sin más. Y así un día y otro y otro. “Es lo que hay”, “Lo tomas o lo dejas”, “¿Qué vas a hacer? Aguantar”.

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Pero, por fin, allí vi a Margarita y Pedro, Carlos y Lucho, Paco y Charo, el señor Bernardo y el vecino de Ángel. Por fin. Gente decente que había dicho ¡basta ya! Gente decente. No soy de líderes ni de banderas, ni de cánticos guerreros ni de gestos, pero ese día, treinta y uno de enero, alcé el puño muchas veces y grité “¡Sí se puede!” con fe y con esperanza, “¡Sí se puede!”.

 

Era un día frío y claro de Madrid. Yo estuve allí.

 


 


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